martes, 9 de febrero de 2010

a moveable feast

Con los años he inventado las formas menos firmes de perder el tiempo cuando acecha el sueño. Son varias las cosas que podría hacer esta noche si no hubiera relojes, como observar muy fijamente el edificio de enfrente hasta que alguien se asomara por la ventana, y entonces dedicarle una sonrisa, pero de las genuinas. Calcular los litros de jabón necesarios para desatar una tormenta de burbujas, o irme muy lejos para volverme limonada. Exprimirme, descoserme fortuitamente. Colgar un mapa en la habitación y dibujar formas adorables con tizas de colores, rutas de inspiración divina que me obligaría a seguir peregrinamente. Bailar un twist frente al espejo roto y gritar que estamos censurados; sorprenderme por todo lo ordinario. Conservar los lunes en un bote de mermelada, ser el efecto y quizá también la causa. And then I’ll get so fuckin’ angry. De algún modo le diré adiós al salmón de este papel de pared tan ligeramente rugoso, al polvo que se cita en los rincones, a la manta granate que encogimos el primer mes. Supongo que el optimismo es esto, despedirse de Montmartre con los ojos y no hacer ninguna foto porque no pasa nada, nada de nada; volveré a vivir aquí aunque no sea un vivir físico, volveré a marcharme de estas calles como ya hice otras veces y, por supuesto, la ciudad será una fiesta.

1 comentario:

Bocaballena dijo...

Espectacular. Nunca lo había leído tan claro. A veces uno vuelve a los sitios en los que nunca estuvo. Y al terminar la noche...