Sé que a estas horas debería estar durmiendo con las persianas bajadas o traduciendo unos párrafos sobre genética que en este momento no llaman demasiado mi atención. Sé que París está muy lejos en el tiempo y el espacio y que aunque no fuera así una flor no fa estiu. Pero estoy cansada de estar aquí encerrada; tengo ganas de salir a la calle y aprovechar los reflejos del Sol para hacer fotos que sé que no me gustarán, observar las hojas granates y relucientes que he descubierto en el parque de mi calle, que también es el de parte de mi infancia (aunque ahora allí nadie lleve patines). Ir al río; ver el Tibidabo de lejos y a los chavales que corren persiguiendo un balón por el césped recién mojado, a la pareja que hace mimos a su perro junto al cartel con una silueta de caniche tachada con una línea roja bastante gruesa. O ponerme a tocar al piano ahora mismo, a las tres de la mañana; despertar a los vecinos porque sí, para que dejen de dormir y vivan de una vez, porque todo esto son horas perdidas: y hacerlo con un ruido atronador, porque en realidad ya no sé tocar nada; bajarme una partitura de Amélie como hice una noche de verano y que suene lo que Dios quiera. Pero si de Él tenemos que fiarnos, estamos apañados.
Aunque todo esto, en el fondo, sólo viene de que mañana es Sant Jordi y estaría bien no tener las amígdalas como globos, porque pocos días a lo largo del año resultan tan (no bonitos, por favor, esa palabra es tan hueca)...tan vibrantes. Es tan vibrante que no es un día, es una diada. Tan verde y amarillo y rojo intenso, tan épico con la lanza y el dragón, tan bullicioso en todas partes, tan esplendorosamente humano, y libros y rosas llenando de letras y perfume las calles y una bandera hecha con sangre que, por querida, si me gustaran las banderas y no creyera que son mentira, sería la mía.